Ágora: gran película dirigida por Alejandro Amenábar y estrenada en España en Octubre de 2009. Magnífica ambientación, reparto y banda sonora, algo a lo que nos tiene acostumbrados este consagrado director.

La acción nos sitúa en la provincia romana de Egipto, concretamente en la Alejandría del siglo IV d.C. (a partir del año 391), en el comienzo de la decadencia del Imperio romano occidental y en plena efervescencia del cristianismo. Es esta una ciudad que aún no viviendo sus mejores momentos, sigue manteniendo su esplendor gracias a dos símbolos incontestables: el Faro (una de las siete maravillas del mundo antiguo) y la biblioteca más grande del mundo (recopilación de todo el saber humano hasta esos momentos). Urbe que se precia de su cosmopolitismo y tolerancia, al ser crisol de convivencia de grandes culturas como la egipcia o la griega.

En medio de todo esto se mueve como protagonista indiscutible de nuestra historia Hipatia de Alejandría (Rachel Weisz): filósofa, matemática y astrónoma. Así la describió un contemporáneo suyo, Sócrates Escolástico, quien escribió sobre ella: «Vivió en Alejandría una mujer, Hipatia de nombre, que era hija del filósofo Teón. Tenía una formación extraordinaria, que sobrepasaba a todos los filósofos de su tiempo. Su actividad docente la llevó a lo más alto de la escuela platónica, conducida por Plotino, y enseñó a todo aquel que se lo pidiera, en cualquier campo del saber». Resumiendo, erudita notable del momento. Quizá sea esta la primera sorpresa de algún espectador ante la pantalla. Sí, las mujeres piensan y además lo hacen desde tiempos remotos. Pero Hipatia no sólo es el eje alrededor del cual gira la película porque su figura reivindique el olvido del desempeño femenino en el pensamiento humano a lo largo de la historia; también encarna la oposición del conocimiento científico frente al discurso religioso (luz contra oscuridad). Son éstos, en mi opinión, los dos focos en torno a los cuales se mueve la historia que nos ocupa.

Sin duda, las injusticias cometidas desde los albores de la historia contra la figura de la mujer, por la sociedad patriarcal en la que vivimos, han sido variadas y numerosas, siendo el olvido una de las peores. Y me refiero al olvido con mayúsculas, el de la historia y más concretamente en nuestro caso, el de la ciencia. Esto ha provocado la invisibilidad de la mujer en el campo del saber, como ha sucedido y sucede en muchos otros ámbitos, lo cual equivale a su inexistencia. Es decir, si no aparecen como autoras de nada es porque nunca lo han sido y por tanto la mujer no es apta para estos menesteres. Este razonamiento puede inferirse casi inconscientemente en la mente del neófito que por primera vez se acerca a cualquier campo del saber, lo que provoca que no se cuestione. Raramente podemos encontrar en textos, de mayor o menor especificidad científica, referencias a mujeres cuya labor haya resultado relevante en el ámbito gnoseológico. De hecho, no será complicado encontrar entre el alumnado que tenga conocimientos básicos de matemáticas alguien que conozca a Pitágoras, aunque muchos historiadores de la ciencia dudan hoy de la autoría del teorema que le ha hecho célebre —existen tablas babilónicas en las que se hace uso del teorema aunque sin explicitarlo—. Otra cuestión muy distinta sería, incluso a niveles universitarios, encontrar personas versadas en Hipatia de Alejandría o Teano de Crotona (esposa de Pitágoras y a su muerte directora de la escuela Pitagórica s. VI a.C.).

Si bien es cierto que la satisfacción que reporta la comprensión de uno solo de los principios que rigen la naturaleza no es comparable a nada, el reconocimiento de la autoría nunca molestó a nadie. El ostracismo al que la mujer ha sido relegada por la ciencia no es más que una de las múltiples caras de la victoria del oscurantismo y la ignorancia frente a la razón y el saber. Como podemos ver, no solo en el cine sino en la vida real, flaco favor ha hecho la religión (incluyendo en el término todas y cada una de ellas sin excepción) al papel de la mujer en los diferentes órdenes sociales. Todo ello, fruto más que probablemente, del miedo de muchos hombres incompetentes e ignorantes a perder el poder ganado con la fuerza en favor de la mujer, más dada a utilizar la inteligencia. Religión, intransigencia e imposición enfrentadas a ciencia, tolerancia y libertad.

Agora: Hipatia

 

 

 

 

 

 

Pero nuestra Hipatia de Alejandría también aparece como defensora del entendimiento más puro de las cosas, sin miedo a lo que pueda encontrar en el camino. Replanteando, si es necesario, los fundamentos mismos de sus creencias. Hasta tal punto es así que, de acuerdo con el antiguo ideal de dedicar una vida al servicio de la ciencia, permanece soltera. Es además en este punto donde lucha y sufre con su fracaso para evitar la destrucción de otro elemento vertebrador de la obra, la gran biblioteca. Ésta es destruida por los cristianos no solo como venganza sino como símbolo de la razón y, por supuesto, como fuente de saber alternativo a sus postulados. Sin biblioteca no hay sustento para rebatir las ideas impuestas por la religión. Como el propio obispo Cirilo opinaba sobre Hipatia, aunque es algo fácilmente transferible a cualquier otra persona: «Cuando la gente empieza a filosofar, ya no se puede confiar más en ella. Nunca se sabe qué se les va a ocurrir y hasta qué punto pueden poner en peligro la seguridad del Estado, si filosofan demasiado.». La biblioteca era sucesora de la original que ya habían logrado destruir entre romanos, cristianos y musulmanes, pero seguía siendo incómoda. Todo ese conocimiento malgastado (¿dónde estaríamos si todo aquello hubiera perdurado?) contrapuesto al terror que pretende sembrar la religión entre sus fieles, como buen medio de control de masas que es. En la historia que nos ocupa la religión preponderante acaba siendo la cristiana, que tras librarse de sus competidoras (pagana y judía), no considera que sea suficiente y se enfrenta al mismo Imperio romano; dejando al descubierto sus verdaderas intenciones: controlar y gobernar vidas a su antojo.

Hablo de un enfrentamiento entre luz y oscuridad porque como la misma Hipatia responde al obispo de Cirene (antiguo alumno suyo) cuando intenta chantajearla para que acceda a ser bautizada, la fe no se cuestiona mientras la ciencia vive precisamente de auto-cuestionarse continuamente. Se ven frente a frente el miedo a preguntar y la necesidad de hacerlo. Porque esa es la verdadera ciencia, la que se cuestiona a sí misma desde sus propios fundamentos y no la que propugnan muchos señores —muy notables— que es inamovible; qué casualidad, como la religión.

Por tanto, son estos dos aspectos del mismo problema. La ignorancia a menudo se disfraza de machismo y el machismo no es más que ignorancia. Sólo podremos combatir la injusticia con la razón, con el conocimiento del otro. Pero es esta una batalla que ha sido, es y será por siempre y que gracias a la obstinación de Hipatia de Alejandría, muchas otras y muchos otros, tiene unas fronteras claramente delimitadas; cuestión que no era así en aquellos momentos. La ciencia también tiene sus mártires. Así que, presentada la contienda y conocidos los contendientes, sólo queda… que cada cual escoja su bando.

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